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La deuda de la sociedad española con los activistas contra el amianto es inmensa

Francisco Báez, ex trabajador de Uralita en Sevilla, inició en los años 70 del pasado siglo la lucha contra este industria de la muerte desde las filas del sindicato de CCOO. Ha dedicado más de 40 años a la investigación sobre el amianto. Paco Puche, otro luchador imprescindible, reseñó su obra (escrito editado en las páginas de Rebelión.org). [*]
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Me gustaría centrarme ahora en la dedicatoria, en la larga dedicatoria de su libro: ¡más de 18 páginas! Empieza usted con un suicidio: 30 de noviembre de 2001, un hombre se clavó un cuchillo de grandes dimensiones y se roció con combustible, que quemó a lo bonzo. Frente al Palacio chileno de la Moneda. ¿Qué pasó? ¿Por qué lo hizo?

Las dedicatorias, en este libro, tienen una función tradicional, que es la de homenaje a quienes cada una de ellas se refiere, y a cada cual por sus respectivos méritos o circunstancias, pero indudablemente también tienen aquí un segundo propósito, no explícito en la obra, y que no es otro que el interesar poderosamente al lector, desde el mismo inicio, llevando a su conocimiento e inteligencia afectiva unas historias personales y de entorno social, algunas poco o nada conocidas, al menos en lo escrito en nuestra lengua, y que en la generalidad de los casos conllevan el poder apreciar cómo, a la agresión originada por el asbesto, se han venido a sumar también otros comportamientos igualmente reprobables, y evidenciando, por lo tanto, que aun dando por buena la excusa, tantas veces esgrimida, de que en el “entonces” respectivo de cada uno de estos relatos reales, los conocimientos relativos a los mortales efectos del amianto, no eran los mismos que los actuales, la excusa (que lo es, en una gran proporción, porque no responde a lo realmente sucedido), queda desmontada, de todos modos, cuando puede comprobarse que, al margen de lo directamente relacionado con el amianto, igualmente otros comportamientos, también reprobables desde la ética, los asumieron los mismos que promovieron la industria del asbesto, como ya he indicado anteriormente.

Ese doble plano de los hechos considerados, queda bien patente en algunas de esas historias. Quizás sólo desde esa visión y propósitos, se entiende cómo se ha alcanzado esa selección de los relatos incluidos, y que en todo caso no tengo reparos en admitir que responde a unos personales criterios, que evidentemente otra persona no tendría por qué compartir, y que yo mismo admito que puede tener su dosis de cierta arbitrariedad.

He estimado que era necesaria esta explicación general sobre el conjunto de todas las historias de homenajeados, antes de comenzar a abordar los pormenores que se me solicitan ahora, sobre algunos de esos relatos, sus protagonistas, y sus circunstancias.

En el caso del suicidio de Eduardo Miño…

En el caso del suicidio de Eduardo Miño, dos hechos o circunstancias fueron determinantes, al parecer, de su extrema decisión. Se ha mencionado, por parte de la doctora Bachelet, que Eduardo, miembro de la asociación de víctimas del amianto, y pariente de un fallecido por esa causa, “no tenía asbestosis”, obviando, al pronunciarse en esos términos, tres cuestiones fundamentales: la primera, que ni la asbestosis es la única patología asociada, ni tampoco resulta ser la más frecuente causa de muerte entre los expuestos; por tanto, se está ya haciendo trampas, desde el lenguaje empleado. La segunda, que estando sano en lo corporal, en lo somático, sin embargo, la psique puede estar afectada por la situación de “espada de Damocles” en la que todos los expuestos se ven abocados a vivir permanentemente, máxime cuando ya el amianto se llevó a la tumba a alguien, dentro de su propia familia. Y la tercera, que la exposición al asbesto determina una agresión al sistema inmunológico, y eso es determinante, frecuentemente, de que el operario (y, sobre todo, el ex trabajador, que cuenta ya con un largo periodo de permanencia del amianto en su organismo), sienta, simplemente, que su salud está destrozada, incluso cuando no sepa señalar ningún síntoma concreto que destaque en su general malestar. En ciertos entornos históricos y geográficos, se entiende que este aura patológica difusa, pero no menos sentida en su entidad mórbida, no haya obtenido, sin embargo, respaldo diagnóstico alguno.

El segundo hecho, reconocido como determinante del suicidio de Eduardo, éste más definido en su reciente ubicación temporal respecto de la dramática decisión, es que, siendo miembro de un partido político, la sede del mismo hubiera sido destruida por un incendio provocado por un ataque de “guerra sucia” de sus adversarios de la derecha política y social, y que en la percepción del suicida, podían quedar relacionados con los mismos que, con su contaminante industria, estaban en el origen de su personal vínculo con el asbesto.

La segunda dedicatoria hace referencia a los niños trabajadores de las minas sudafricanas del amianto. ¿Qué pasó en este caso?

Resumiendo: en esas minas se empleaba obra de mano infantil, en algunas de ellas, remunerando su trabajo sólo con la entrega de golosinas; en algunos casos, en la doblemente peligrosa tarea de encendido de mechas de explosivos, y en todos los casos, sin ninguna suerte de protección, y en condiciones laborales de auténtica esclavitud, y además, en todo caso siendo determinantes de numerosos casos de cor pulmonale, en niños, una auténtica monstruosidad ética. El cor, como es sabido, es el resultado del sobresfuerzo respiratorio en la asbestosis avanzada, implica una exposición a dosis muy elevadas de polución, y es signo inequívoco de una muerte próxima. Como indico en el libro, habría dado igual que la materia prima extraída hubiera sido cualquier otra, incluso inocua. Niños manejando explosivos, a cambio de golosinas, en labores de minería, y cayendo mortalmente expuestos, con su corta vida truncada: ese es el verdadero rostro del cartel internacional del amianto. Sobre estos cimientos, están asentadas sus grandes fortunas. A esto, por ejemplo, es a lo que me refiero, cuando hablo de que no es válida la excusa de que, supuestamente, entonces no se conocieran los efectos nocivos del amianto, en el mismo grado que actualmente.

La tercera dedicatoria tiene un nombre: Harry Braverman, autor de Labor and Monopoly Capital: The degradation of work in the 20th century . ¿Quién fue es Harry Braverman? ¿Sabe si su ensayo ha sido traducido al castellano?

Se trataba de un autor, que desde el conocimiento empírico de su propia trayectoria laboral, elaboró ese ensayo, que durante muchos años estuvo manejado en diversas universidades norteamericanas, ejerciendo una influencia difusa, dado que algunos no reconocieron expresamente su influencia en sus propios respectivos trabajos. En España, fue un autor vetado por la dictadura franquista, y después, al parecer, ya resultaba desfasado, por lo que, que yo sepa, el ensayo no ha llegado a ser publicado en castellano; a mí, personalmente, lo que me gustaría es que alguien se tomara la molestia, en nuestro país, de acometer una revisión crítica de la obra, en el contexto de la historia de las ideas políticas y sociales, aunque sólo fuera para que los liberticidas, al final, no se salieran con la suya en este caso, y aunque ello fuera con tanto retraso. El fallecimiento del autor, a causa del mesotelioma originado por su exposición laboral al asbesto, me ha permitido ejercer mi modesta contribución a erosionar un olvido o desconocimiento entre nosotros, que estimo que debiera de ser remediado, al menos en el ámbito académico. Aquí se le cerraron las puertas a su obra, y entiendo que, como nación, le debemos al menos esa mínima reparación.

La siguiente hace referencia a Rino Pedrotti, un obrero emigrante italiano que trabajó en la mina australiana de amianto azul en Wittenoom. ¿Quién fue Pedrotti? Por cierto, ¿qué es eso del amianto azul? ¿Azul?

Se trata de uno de los emigrantes italianos que en Australia trabajaron en la minería de la crocidolita o amianto azul, falleciendo como consecuencia de esa actividad, y a cuya familia, en un acto de “guerra sucia”, aprovechando su ausencia del hogar durante su entierro, procedieron a fingir un robo ordinario, haciendo desaparecer a toda la documentación médica acreditativa de su afectación, para dificultar la interposición de la oportuna demanda de indemnización, por parte de sus familiares. Resalto la extraordinaria bajeza moral (aparte de delito), que presupone aprovechar la trágica circunstancia que originaba esa ausencia, para acometer tal fechoría.

El amianto azul o crocidolita, es, de todas las variedades de asbesto que se han llegado a comercializar, la de mayor poder cancerígeno, y la más estrechamente relacionada con el mesotelioma, cuyo nexo quedó establecido inicialmente, precisamente, en relación con dicha variedad, actualmente prohibida en todo el mundo, y por lo tanto sin que se la extraiga actualmente. No obstante, conviene puntualizar, que todo ello no es óbice para que las otras variedades (amosita o amianto marrón, antofilita, tremolita, crisotilo o amianto blanco), sean igualmente cancerígenas, y estén también asociadas al mesotelioma.

La quinta tiene como destinatario un trabajador de aerolíneas retirado, Harold St. John. ¿Quién fue Harold? ¿Qué hizo que merezca ser destacado?

Sus merecimientos, son ajenos a su propia voluntad y posteriores a su propia existencia. Merece ser recordado, por la tortura moral que se le impuso a su familia, que cuando ya se disponía a enterrarle, con el ataúd en tierra, a pie de fosa, de improviso se vio obligada, por una orden judicial, a interrumpir el sepelio, para que pudiera ser atendida la petición formulada por el abogado de la empresa demandada por la muerte de Harold, a causa del amianto. La interrupción tenía por finalidad, que se le practicara una autopsia al cadáver, a pesar de que ya en vida se había practicado biopsia de los tejidos pulmonares, y que había sido puesta a disposición del abogado y de los peritos médicos de la empresa demandada. El entierro de Harold quedó bloqueado durante nada menos que catorce días.

La siguiente tiene como destinatarios los trabajadores, “mano de obra esclava” escribe usted, de la mina de Xinkang, en la provincia china de Sichuan. La mina es propiedad de una empresa privada: “Shimian Asbestos Mine”. ¿Por qué en este caso la referencia?

Porque, si ya es sumamente cuestionable éticamente que una empresa privada utilice una mano de obra no libre, obligada a rendir su trabajo en el contexto del cumplimiento de unas condenas, que en no pocas ocasiones han tenido motivaciones puramente políticas, o que en otros casos responden a durísimas condenas, aplicadas por conductas de una nimia delincuencia, que en otros pagos serían objeto, a lo sumo, de una mera sanción administrativa, y dentro de un sistema, ya derogado, que, claramente, trataba de sacar rédito de esas leves desviaciones de ciudadanos que precisaban de ser “reeducados”, el colmo de un sistema represor manifiestamente injusto y en buena medida arbitrario, es que, encima, ese trabajo esclavo suponga la exposición a un potente cancerígeno, como es el amianto. Esos trabajadores también merecen ese reconocimiento nuestro, por su condición de víctimas, a doble título: primero como sometidas a un castigo desproporcionado y ventajista, y después, como víctimas del asbesto, que no han tenido opción para poder decir no a esa actividad de tan alto riesgo.

La séptima tiene como referencia los trabajadores forzados de un campo de trabajo, en el Berlín nazi, relacionado con DAZAG, una empresa alemana del grupo Eternit. ¿Nos explica esta referencia? Creo que en esa empresa invirtieron accionistas catalanes.

Este es un caso enteramente similar al anterior, con el matiz de que aquí no estamos ante ninguna suerte de presos comunes, sino estrictamente ante presos políticos o ideológicos, como era el caso de judíos, gitanos, homosexuales, prisioneros de guerra, débiles mentales, etc. En el Consejo de Administración de DAZAG, efectivamente, se sentaba José María Roviralta y Alemany, en representación del paquete accionarial en manos de “Roviralta y Cia.”, la antecesora de “Uralita”, en cuyo capital mantuvo su participación, después de la absorción.

La octava, probablemente la más extensa, es un in memoriam: in memoriam del trabajador australiano Bernard Douglas Banton. ¿Por qué en este caso? Usted lo presenta como “un gran activista de la justicia social.”

Lo fue, en efecto, por su lucha a favor de las víctimas del amianto, entre las que cabe incluirle a él mismo, fallecido de mesotelioma, y con más de una patología asociada al amianto, amén de familiares también afectados. Su extraordinario tesón y combatividad recibieron, por parte de sus compatriotas y de su gobierno, un merecido reconocimiento, que a nosotros, de todas formas, no deja de asombrarnos, con sana envidia.

La siguiente está dedicada a un médico, el doctor Irving J. Selikoff, de quien dice que probablemente sea “el investigador médico a quien los trabajadores del amianto, y en general todos los afectados por esa contaminación, deben más reconocimiento que a ningún otro.”

El reconocimiento de la enorme amplitud de la población ya afectada irreversiblemente por las patologías asociadas al amianto tuvo un antes y un después, marcado por el hito de las investigaciones pioneras del doctor Selikoff. Sin esa labor rompedora, el reconocimiento científico y social de esa realidad, se habría retrasado décadas, o no se habría producido nunca, porque hay que decir que la actividad del doctor Selikoff (que no se limitó al ámbito puramente académico), contó con la frontal oposición y el descarado ostracismo del poderoso lobby del amianto, que lo combatió hasta el punto de llegar a calumniarlo después de muerto. Esa labor pionera, se continuó con toda una vida y toda una trayectoria profesional, dedicada a afianzar y perfeccionar sus resultados iniciales de la clínica y de la epidemiología, como avala la numerosísima bibliografía médica que su actividad científica originó. El doctor Selikoff, uno de los fundadores -el principal, sin duda-, del famoso Collegium Ramazzini (referente mundial en salud ocupacional), llegó a estar postulado para el premio Nobel de Medicina, y si no lo llegó a alcanzar, no fue, por supuesto, por escasez de méritos, sino por otras causas más inconfesables para sus muñidores en la sombra."

Salvo error por mi parte, no ha incluido a ningún ciudadano/a de Sefarad en su larga dedicatoria. ¿Por qué? ¿No hay nadie aquí que merezca un reconocimiento? Me atrevo a darle un nombre: Paco Puche, un rayo rebelde y humanita que no cesa. Otro más: Manuel Sacristán que desde finales de los setenta nos hablaba del amianto en sus clases de Metodología de las clases sociales (escribió sobre ello en alguna ocasión).

Las “dedicatorias” ya son muchas, si nos atenemos a un parámetro de normalidad. Alguna vez había que poner término. Como quiera que lo publicado no es, sino, aproximadamente, un tercio de todo lo que llevo escrito, y mi propósito es continuar con otras publicaciones, que parcialmente vayan sacando todo a la luz pública, no descarto incluir en esas futuras obras a otras dedicatorias similares a las ya publicadas. Personas con merecimientos más que suficientes, entre las ya fallecidas, indudablemente sí que las hay: Henri Pezerat, Nancy Tait, Alan Dalton, etc.

En cuanto a compatriotas, si prescindiéramos de la limitación que me impuse, extendiendo el reconocimiento también a aquellos que todavía están con vida, y por delante de “luchadores de salón”, entre los que, en cierto modo, a día de hoy me tengo que incluir ya a mí mismo, podría incluir, indudablemente, al difunto doctor López-Areal, a los doctores Rodríguez-Roisín y Picado, a los sindicalistas Miguel Poveda, Jesús Uzkudun Illarramendi, Ángel Cárcoba Alonso, etc. La deuda de la sociedad española para con ellos, es inmensa. Uno de mis más estrechos colaboradores en la lucha sindical contra el amianto, Luis Muñoz Vázquez, muerto de mesotelioma… Siempre habrá “olvidos imperdonables” y gente valiosa que se haya podido quedar sin homenajear, también en mis futuras publicaciones, el día que consiguiera que se llegasen a editar, lo cual actualmente no es nada fácil. En cuanto al profesor Sacristán, también le tengo mencionado en mis escritos, aunque tampoco con dedicatoria específica. Para haber podido hacerlo, tendría, quizás, que haber tenido un conocimiento más profundo de su labor intelectual y docente. Yo lo intento todo con mis propios medios y limitaciones, y llego hasta donde puedo.

Viene a continuación una semblanza del autor principal, de usted, le pregunto sobre ello a continuación aunque algo hemos hablado ya de usted. ¿Le parece?

Me parece, aunque me incomode un poco hacerlo, por razones obvias.


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