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Resulta penoso cómo puede haber quienes de todo ello quieren sacar rédito

Me gustaría centrarme ahora en aspectos algo más biográficos, de los que ya hemos hablado un poco antes, y de temáticas relacionadas. En su libro, este apartado lo firma Alfredo Menéndez-Navarro. ¿Quién es?

Es Catedrático de Historia de la Ciencia, de la Universidad de Granada, especializado en Historia de la Medicina del Trabajo, incluyendo la correspondiente a las patologías del asbesto, tema sobre el que cuenta con una extensa bibliografía, de una gran calidad, internacionalmente reconocida, e incluyendo tanto trabajos de su exclusiva autoría, como aquellos otros, en los que comparte autoría con otros prestigiosos profesionales, médicos e historiadores.

¿Dónde se publicó el artículo base de la semblanza que escribe? El título es muy hermoso: ”Un camello a través del ojo de una aguja: pericia y el tardío reconocimiento de las enfermedades asbesto-relacionadas”.

El artículo se publicó en la prestigiosa revista International Journal of Health Services, una publicación dirigida por otro ilustre español, muy vinculado a la defensa de las políticas progresistas en materia de Salud Pública, el doctor Vicenç Navarro López, sociólogo y politólogo, Catedrático de Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Pompeu Fabra, profesor en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, Doctor Honoris Causa por la Universidad de Lérida, y por quien tuve el honor de ser invitado a participar en un encuentro internacional, celebrado en Barcelona, allá por el final la década de los años 70 del pasado siglo, cuando estaba en todo su apogeo nuestra lucha contra el amianto.

Conocemos muy bien, y para bien, al profesor Navarro. Se habla en esta semblanza de un informe suyo de 1982, “un empleado de oficina y miembro de CCOO en la fábrica de fibrocemento Uralita de Sevilla”. ¿Para quién hizo ese informe? Se afirma que su estudio fue crucial para la promulgación de los reglamentos nacionales sobre amianto de 1984.

El informe, inicialmente fue concebido por mi parte, como un documento puramente interno de mi sindicato, dirigido a nuestros dirigentes, y su propósito no era otro que el de concienciarles de la amplitud y gravedad del problema, haciendo propuestas concretas de actuación. Sin embargo, y a través de un artículo publicado en el diario El País en 1983, y firmado por Barry Castleman (ingeniero de gran prestigio en su lucha contra el amianto), por el ya citado doctor Navarro, y por la doctora Devra Davis, pude constatar que ciertos datos confidenciales habían sido filtrados, y que, por consiguiente, el informe había ya trascendido, más allá de quienes habían sido sus destinatarios originales.

¿Y cómo es eso? ¿Quiénes los filtraron? ¿Por qué una cosa así? ¿No es una forma un poco rara de actuar?

Se trataba de unos datos sobre el número real de afectados, que no coincidían con los oficialmente reconocidos; por tanto, una coincidencia exacta, hacía presuponer que esos datos procedieran de una misma fuente. En mi caso, mi fuente había sido meramente oral: la comunicación personal de un médico, que me relató cómo, en una reunión secreta, entre representantes de las principales empresas concernidas por el asunto y miembros de la administración pública de entonces, se habían ventilado esas cifras. Más allá de esa constatación, no dispongo de otras evidencias o indicios, y poco más se podría decir hoy.

¿CCOO sigue interesada y activa en el tema del amianto como lo estuvo en los años de la transición?

Si bien es cierto que a día de hoy proliferan los “adanes”, para los que la Historia empezó con ellos, y esto podría decirse incluso de algunos de los de mi misma preferencia sindical, y además a nivel de dirigentes, no obstante, es obvio que, pese a cierto ostracismo táctico, la labor realizada está en los resultados alcanzados, en los documentos generados, en la repercusión mediática que en su momento tuvieron las acciones emprendidas, las presencias constatadas, las intervenciones registradas, etc., etc., acreditando todo ello que, efectivamente, sí ha habido una continuidad en la lucha, aunque, como todo lo humano, siempre haya podido ser objeto de una mejor actuación. En cualquier caso, lo que sí puede resultar penoso de contemplar es cómo pueda haber quienes de todo ello puedan sacar rédito, desde otras opciones sindicales, sin méritos comparables, y por la apatía, la indiferencia, el hastío o una larvada hostilidad, de quienes, desde Comisiones Obreras, no llegan a poner en valor todo el esfuerzo y el sacrificio realizados, y no lo digo mayormente por mí, sino por todos aquellos, que recogiendo la antorcha, perseveraron en una batalla difícil y no siempre apreciada como debiera. Pero nunca es tarde para rectificar, lo que sería de estricta justicia.

Y quiénes son esas personas, a las que usted hace referencia, que sacan réditos personales de la lucha colectiva contra la industria del amianto?

Los réditos no serían meramente personales. Más que de personas, cabría hablar de organizaciones sindicales (muy respetables, por otra parte), pero que, no haciendo mención alguna de la labor pionera de Comisiones Obreras, mantenida también a través del transcurso del tiempo, implícitamente se vienen expresando como si tal ingente tarea no hubiera existido nunca, y que fueran cada una de esas otras organizaciones sindicales, en su caso respectivo, las que ahora, o casi, estuvieran levantando la liebre por primera vez. Esto no es privativo de las organizaciones sindicales. En el caso del PSOE, organización política, su “adanismo” llega al extremo de actuar como si ignorasen sus propias contribuciones y méritos (que los ha habido), en menoscabo de su propio prestigio, pero eso mismo se podría aducir, en buena medida, también respecto de CC.OO. En el caso del PSOE, no es que reivindiquen en exclusiva para sí mismos el mérito: es que lo hacen, con esa exclusividad para el PSOE… ¡de ahora! ¡sólo de ahora!, haciendo caso omiso de su propia contribución en el pasado.

¿Y por qué esa apatía, indiferencia, hastío o larvada hostilidad, de quienes, desde CCOO, no llegan a poner en valor todo el esfuerzo y el sacrificio realizados?

Bueno, lo ilustraré con un ejemplo: por iniciativa de un técnico del sindicato, con una larga trayectoria de destacada actividad a sus espaldas, se edita la traducción al castellano de una obra sobre amianto; traducción que es efectuada íntegramente por ese mismo técnico, quien sostiene con el autor todas las gestiones referentes a la edición de su obra en español, y que consigue que el mismo se desplace a España, para asistir a todos los varios eventos de presentación en público del libro; cuando ese técnico se dispone a asistir al primero de esos actos, su presencia es vetada por su propio sindicato, para asombro, sorpresa e indignación del desconcertado autor del libro, que, literalmente, no entiende nada de nada, ni nadie le da las pertinentes explicaciones. Así sucede también, en todos los otros posteriores actos públicos de presentación del libro en distintas ciudades de España. Sobre las causas de todo ello, aunque las conozca sobradamente, prefiero no entrar en ello, porque ninguna me parece que pueda justificar ese tipo de actuaciones.

Comisiones Obreras es la organización que más ha contribuido a la prevención de los riesgos laborales y a la defensa de los intereses de los trabajadores, sin discusión posible, y muy por delante de cualesquiera otras organizaciones. Dicho lo cual, ello no obsta para que ciertas disfunciones se debieran de corregir.

Menéndez-Navarro señala que su enfoque se inspira, en cierta medida, en el modelo de los trabajadores italianos desarrollado en la década de los 60 en el norte industrializado. ¿Qué modelo es ese? ¿Cómo llegó usted a conocerlo?

Mi conocimiento del llamado “modelo italiano”, fue posterior a mi praxis sindical, y adquirido a través de mis múltiples pláticas con mi buen amigo Ángel Cárcoba Alonso, posiblemente una de las personas a quien los españoles más le debamos, en todo lo relativo a la salud laboral, en general, y a la lucha contra el amianto, en particular. Por tanto, las afinidades advertidas por el doctor Menéndez, son difusas y espontáneas. Explicar aquí el “modelo italiano”, no puede hacerse más que al precio de una grosera simplificación. Partía de una cierta desconfianza hacia el conocimiento experto, que, sin descartar la colaboración, implicaba que los trabajadores no delegasen en nadie la identificación de sus riesgos laborales, participando activamente en la elaboración de los “mapas de riesgo” y otras estrategias de actuación. Este modelo, pese a su indudable importancia y vigor intelectual, adolecía de limitaciones, y el propio caso del amianto es un ejemplo bastante elocuente de ello, porque mal nos ha de ir para basar una estrategia preventiva en la propia percepción del riesgo por parte de los trabajadores expuestos al mismo, cuando sus efectos sólo resultan perceptibles a esos trabajadores, décadas después de que el contaminante haya dado ya comienzo a su irreversible acción mórbida. En las fábricas de Uralita, jamás se establecieron tales “mapas de riesgo” a iniciativa de los trabajadores. Lo que sí hubo, en cambio (y con esto sí que me identifico plenamente), fue un empoderamiento de los asalariados, adquirido a través de un conocimiento profundo de los efectos del asbesto y de los medios preventivos específicos para tal riesgo. En esa línea de actuación, nuestra personal actividad actual, es su continuación lógica.

¿Nos explica quién es Ángel Cárcoba Alonso, esa persona a quien tanto debemos todos?

En aras a la brevedad, me limitaré a reproducir la nota de pie de página, de uno de los trabajos que le han sido publicados: “Ángel Cárcoba Alonso fue promotor y coordinador de la salud laboral en CCOO (1977-1996), autor de varias publicaciones sobre Salud Laboral (más de 200 trabajos), activista en la defensa de las víctimas del trabajo, y actualmente “yayoflauta” o abuelo indignado”. Él me honra con su amistad y apoyo, y yo procuro estar a la altura de su excelente calidad humana.

¿Qué significa eso de que buscó poner fin a la monetarización de los riesgos?

Siempre había la tentación de reaccionar frente a la agresión que suponía la exposición al contaminante, exigiendo una mera compensación económica, que eventualmente podía quedar mermada, en cuanto se pusieran en marcha las medidas correctoras, tendentes a minimizar la susodicha exposición; por lo tanto, haciendo poco apetecible, desde una óptica rabiosamente monetarista, la aplicación de tales paliativos, e incluso la mismísima substitución del amianto en el proceso productivo. Desde el punto de vista de la empresa, podía resultar preferible abonar permanentemente un plus de toxicidad, que no, en su lugar, acometer las cuantiosas inversiones requeridas, tanto para minimizar el riesgo, como, eventualmente, para llegar incluso a la substitución de la materia prima utilizada, tan problemática. Era un “atractor” para los sufridos bolsillos de los trabajadores, e incluso para su fomentado consumismo, y era una tentación real, activa, y presente.

Entiendo, pues, que usted se opone a ese tipo de pluses de toxicidad, que desde el punto de vista de la salud laboral es un gran disparate, una neta agresión a la salud de los trabajadores.

Obviamente, sí, sin matices ni relativismo alguno. Insisto un poco en un punto anterior: ¿por qué se combatió la delegación tradicional de las “tareas de las evaluaciones de riesgo y control de las condiciones de trabajo” en expertos? ¿No hay que confiar en ellos entonces?

La Historia nos tiene demostrado que mientras la gestión de los riesgos ha quedado en las manos, exclusivamente, de los expertos, los problemas reales e importantes, han sido sistemáticamente desdeñados, ocultados o minimizados, en términos generales; entren todos, y sálvese el que pueda. Incluso el hábito de honestidad, neutralidad y rigor científico, a veces les ha jugado una mala pasada, porque no concebían, o no acababan de creerse, que pudieran haber intereses económicos que estuvieran mediatizando o tergiversando las aparentes conclusiones de unos científicos, que en algunos casos después se ha podido constatar, fuera ya de toda duda posible, que su discurso tenía truco, porque había una remuneración oculta de por medio; ejemplo clamoroso, y muy doloroso, el del doctor Wagner, descubridor del nexo causal entre mesotelioma y amianto, y a quien tuve oportunidad de conocer personalmente, con ocasión de la celebración en Sevilla, del Primer (y hasta ahora único) Simposium Nacional de Asbestosis. Otro tanto cabe decir, por desgracia, respecto de Richard Doll, que fue quien dejó bien fundamentado, a través de un convincente estudio epidemiológico, del nexo causal entre amianto y cáncer de pulmón. En este caso, incluso, la corrupción se produjo con más generalidad, y con una dosis más elevada de felonía.

Me gustaría insistir un poco en un punto anterior. ¿Me permite?

Cuando quiera.


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