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“Hay conocimientos que sólo la percepción directa de los propios trabajadores/as puede suministrar”

Seguimos en este capítulo “biográfico”. ¿Por qué se combatió la delegación tradicional de las “tareas de las evaluaciones de riesgo y control de las condiciones de trabajo” en expertos? ¿No hay que confiar en ellos entonces?

La Historia nos tiene demostrado que mientras la gestión de los riesgos ha quedado en las manos, exclusivamente, de los expertos, los problemas reales e importantes, han sido sistemáticamente desdeñados, ocultados o minimizados, en términos generales; entren todos, y sálvese el que pueda. Incluso el hábito de honestidad, neutralidad y rigor científico, a veces les ha jugado una mala pasada, porque no concebían, o no acababan de creerse, que pudieran haber intereses económicos que estuvieran mediatizando o tergiversando las aparentes conclusiones de unos científicos, que en algunos casos después se ha podido constatar, fuera ya de toda duda posible, que su discurso tenía truco, porque había una remuneración oculta de por medio; ejemplo clamoroso, y muy doloroso, el del doctor Wagner, descubridor del nexo causal entre mesotelioma y amianto, y a quien tuve oportunidad de conocer personalmente, con ocasión de la celebración en Sevilla, del Primer (y hasta ahora único) Simposium Nacional de Asbestosis.

Otro tanto cabe decir, por desgracia, respecto de Richard Doll, que fue quien dejó bien fundamentado, a través de un convincente estudio epidemiológico, del nexo causal entre amianto y cáncer de pulmón. En este caso, incluso, la corrupción se produjo con más generalidad, y con una dosis más elevada de felonía.

A ver, a ver, el tema es importante, esencial. ¿Qué pasó en el caso del doctor Wagner? ¿Se corrompió, lo corrompieron?

Bueno, en mi libro lo cuento con todo detalle; quien esté interesado en profundizar, haría bien en comprarlo, ¿no le parece?... Efectivamente, hubo corrupción; algo, absolutamente decepcionante. Es obvio que el lobby del amianto fue directamente a por las máximas cabezas visibles de los científicos que habían cuestionado su criminal negocio; a unos, como Selikoff, denigrándolo, y a otros –quienes se dejaron-, comprándolos, como fueron los casos de Wagner y de Doll.

Le pregunto ahora por Richard Doll. ¿Qué pasó en este caso? ¿Una corrupción más general? ¿Qué significado eso?

En el caso de Doll, la corrupción no se limitó al amianto, abarcando, además, a otras industrias contaminantes, como fue el caso de la nuclear, o la de química. Aquí, por lo tanto, los corruptores de la industria del amianto, lo tuvieron mucho más fácil.

Por cierto, ¿un solo Simposium Nacional de Asbestosis? ¿Sólo uno? ¿Cuándo se celebró?

Se celebró en Sevilla, publicándose sus actas en el año 1978. Ni el lugar, ni el momento, fueron casuales. Fue “una espita”, para dar salida a una fuerte presión social. En alguno de mis escritos, lo califico del Simposium “de Lampedusa” (cambiar algo, para que todo pudiera seguir quedando igual). No obstante, me consta que en el ánimo de quienes participaron en él como ponentes o como meros asistentes al acto, no estuvo esa intencionalidad, y en su momento tuvo su impacto, para que ciertas cuestiones se admitieran ya sin tapujos ni eufemismos. Fue “un oasis” (¿o “un espejismo”?), en medio del páramo desértico del mundillo médico español del amianto. No tuvo continuidad en otros eventos posteriores equiparables, en la justa medida en la que esa misma presión social decayó, desgraciadamente. Si no hubiera sido así, es razonable conjeturar que otros (“segundo”, “tercero”, etc.), se habrían llegado a producir. 

Menéndez-Navarro habla del valor epistemológico de la “experiencia directa” de los trabajadores. ¿Qué valor epistemológico es ese?

Hay conocimientos de imposible adquisición meramente libresca, que sólo la percepción directa de los propios trabajadores puede suministrar. Los trabajadores, aun sin saberlo ellos mismos, y aunque frecuentemente no se les reconozca, también hacen Ciencia, cuando atinan a transmitir a la sociedad, en general, y a su comunidad científica, en particular, esas observaciones empíricas. Nada más, pero también nada menos.

Como usted dice: nada más y nada menos. Tiene mucha importancia lo que usted acaba de señalar. ¿Por qué cree usted que los peligros para la salud ocupacional relacionados con el amianto apenas merecieron atención durante la dictadura fascista? Se habla en todo caso de menciones ocasionales en la literatura médica de los años 40. ¿Recuerda de qué se trata?

De 1941 data, por ejemplo, la publicación, por el Instituto Nacional de Previsión, del trabajo de Baader, titulado: “Las lesiones por el polvo industrial y su profilaxis”, en el que el amianto compartía protagonismo con otros diversos contaminantes pulverulentos. En cualquier caso, se trataba de la traducción de un artículo gestado fuera de nuestras fronteras.

De 1943 data el artículo de Pablo Martínez Strong, titulado: “Papel de amianto fabricado por un monje español en el siglo XVIII”, pero que nada tiene que ver, prácticamente, con la nocividad del asbesto.

De 1948 data el trabajo del doctor Juan Dantín Gallego, titulado “Asbestosis”; este autor, ya en el año 1931 había publicado otro artículo, con una temática general y no específica por tanto, respecto de las patologías del amianto, y titulado: “Enfermedades profesionales”.

Desde un enfoque paternalista, en el régimen dictatorial también hubo alguna voz que clamaba en el desierto de la salud laboral, como fue el caso del doctor Narciso Perales, o el del Instituto de la Silicosis. Las menciones ocasionales, dispersas y esporádicas, en lo específicamente relativo al amianto, apenas tienen otro valor que el de una mera cita erudita de algún trabajo que, en el mejor de los supuestos, sólo cabe incluirlo en la categoría del “yo también he hecho esto”. Hasta que el doctor López Areal no comenzó su muy meritoria labor (y a pesar de algún yerro, como cuando escribió un trabajo titulado “Los cánceres del amianto no son caseros”), no cabe apenas reseñar nada significativo.

Yerro dice usted. ¿Qué error cometió el doctor López Areal?

Considerar, basándose exclusivamente en su propia casuística, que el asbesto no podía ser el agente etiológico de cánceres gestados en el hogar, cosa que la evidencia empírica acumulada se ha encargado de demostrar que no era así, por desgracia. La bibliografía médica registra ya abundantes casos de contaminación doméstica, determinante del afloramiento de mesoteliomas. Otro tanto cabe decir, respecto a la contaminación medioambiental del entorno de las fábricas, muelles de descarga, astilleros, etc. En el ánimo del doctor López-Areal, si no me equivoco, prácticamente no cabía más que la afectación estrictamente laboral, y eso, evidentemente, no puede ser calificado más que de error, sin menoscabo de la inmensa deuda de gratitud que todos los trabajadores españoles del amianto siempre tendremos que tener con su entrañable memoria.

Por cierto, ¿cuándo se empezó a incorporar el amianto en el sistema productivo español? ¿Tal vez tras el plan de Estabilización de 1959? ¿En qué producciones?

El comienzo del uso industrial del amianto en España coincidió, aproximadamente, con las mismas fechas en las que lo hizo en el resto de las naciones occidentales, es decir, hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX.

¡Menudo ojo el mio!

En el caso concreto del amianto-cemento –el uso industrial más importante-, lo hizo al propio tiempo que se creaba la primera industria de esa rama de actividad, la antecesora de Uralita, Roviralta y Cia., en la primera decena del siglo XX.

Roviralta y Cía? ¿Quiénes son esos Roviralta?

Fue la empresa que inició la industria del amianto-cemento en España, instalando la fábrica primera, en Sardanyola (Barcelona), y siendo después absorbida por su continuadora, Uralita, en cuyo capital siguió participando. En la sesgada visión de algún historiador local, con afinidades nacionalistas, los Roviralta vendrían a representar al empresariado catalán, ilustrado, progresista y emprendedor, mientras que los March, que “se adueñaron” de su negocio, vendrían a representar al capitalismo rapaz y depredador, poco o nada respetuoso con el medio ambiente y con la salud de sus trabajadores y clientes. Ese maniqueísmo no se corresponde, en absoluto, con las evidencias disponibles. Baste señalar, por ejemplo, la presencia del apellido Roviralta en la alemana DAZAG, determinando en su día la atención del servicio secreto norteamericano en Madrid, en la década de los años cuarenta del pasado siglo. De ello existe evidencia documental, hoy ya accesible a la generalidad de las personas… que saben cómo buscarla. 

En los primeros años de la década de los 70, según estudios de López-Areal, se habla de unos 8 mil trabajadores expuestos a riesgos. ¿Qué cifra llegó a alcanzarse?

La estimación es muy difícil y sujeta a controversias, por la misma causa de siempre: la ausencia de estadísticas fiables e indiscutidas. A modo de aproximación, podemos decir que ya sólo la plantilla de Uralita, estuvo cifrada en unos cinco mil trabajadores, o más, dependiendo de la época considerada. La cifra del doctor López-Areal, posiblemente se quedó corta, por pura prudencia. 

Se cita en la semblanza los nombres de Roberto Rodríguez Roisín y César Picado Vallés. ¿Quiénes fueron?

Ambos eran neumólogos del Hospital Clínico de Barcelona, con sendas tesis doctorales sobre las patologías asociadas al amianto, y que anteriormente habían trabajado en el Reino Unido sobre la misma cuestión. Su labor en España fue absolutamente decisiva, creando escuela en todo lo relativo al diagnóstico precoz y certero de la asbestosis, pero sobre todo, por la revisión a la que sometieron a los trabajadores de la fábrica de Uralita en Cerdanyola (Barcelona), con la colaboración de éstos, y lo que resultaba más insólito en aquellos momentos, informándoles de los peligros a los que estaban sujetos, y de los resultados no “dulcificados” de sus respectivos diagnósticos, algo que, con la excepción del doctor López-Areal, ningún otro médico español practicaba entonces, incluyendo a la generalidad de los respectivos médicos de empresa. Relaciónese lo antedicho, con lo que afirmábamos antes, del recelo de los trabajadores españoles, respecto de la labor de los expertos, en relación con toda la problemática de la nocividad propiciada por el uso industrial del amianto.

Al doctor Rodríguez-Roisín tuve el honor de conocerlo personalmente, durante la celebración en Sevilla del Primer Simposium Nacional de Asbestosis, evento en el que tuvo la amabilidad de responder a mi interpelación, relativa al posible uso del impedanciómetro pulmonar, en la determinación de la elasticidad del parénquima pulmonar durante el ciclo respiratorio, habida cuenta de las dificultades prácticas que presentaba el tradicional empleo de la temida sonda intraesofágica, tan molesta como imprecisa en los resultados, cuando no se atinaba a colocarla en el punto correcto, lo cual, aunque a algunos les escociera tener que reconocerlo, era bastante frecuente, por decirlo de forma eufemística.

Uso del impedanciómetro pulmonar, determinación de la elasticidad del parénquima pulmonar durante el ciclo respiratorio, sonda intraesofágica… Nos explicas a los ciudadanos de a pie qué es todo eso.

El impedanciómetro pulmonar, era un instrumento de diagnóstico, de uso no invasivo, que midiendo la impedancia eléctrica global de todo el conjunto formado por el tórax y por el aire contenido en los pulmones, permitía trazar una curva de variación durante el ciclo completo de la respiración, que permitía, a su vez, cuantificar el estado de elasticidad del tejido pulmonar, y por ende, pudiendo igualmente cuantificar el eventual grado de afectación por una neumoconiosis o por otras patologías diversas. Sus inventores, unos médicos franceses, inicialmente no habían caído en la cuenta de su posible aplicación al diagnóstico de la asbestosis, pero mi abordaje, por mediación de mi buen amigo el famoso toxicólogo, ya fallecido, Henri Pezerat, consiguió su entusiasta adhesión a que esa interesante posibilidad se pudiera explorar.

La sonda intraesofágica, era “un globito” conectado al exterior, que el paciente trabajador examinado tenía que ingerir, con el tubito de conexión saliéndole de la garganta, hasta ese exterior, con toda la operación visualizada a través del simultáneo examen radiológico, y hasta conseguir que el extremo de la sonda (el “globito”), quedase ubicado exactamente en el lugar idóneo para poder efectuar la medición, en continuo, de las variaciones de presión, acompasadas al ritmo respiratorio. Esas variaciones permitían, en teoría, medir el estado de elasticidad de los pulmones, y por lo tanto, evaluando, eventualmente, el estado de progresión de una asbestosis, presunta o ya confirmada de antemano por la correspondiente imagen radiológica. Si la sonda así colocada, con tanta reluctancia y náuseas por parte del sufrido paciente, no quedaba situada en el lugar idóneo de su recorrido en el esófago, los resultados de la prueba quedaban falseados, pudiendo ser determinantes de un error de diagnóstico, y en cualquier caso, realmente inútiles. Era algo que solía suceder, con inusitada frecuencia.

¿Por qué se cerró temporalmente en 1977 un ala de la fábrica de Uralita en Cerdanyola? ¿Sólo un ala? ¿Por qué temporalmente?

El ala se cerró temporalmente, por determinación de la Inspección de Trabajo, y a la vista de las múltiples deficiencias higiénicas que en ella se detectaron. Es discutible si se trató de una sobreactuación, por la presión de las circunstancias.

Algunos indicios permanecen imborrables. En una gráfica, elaborada en el año 2012 por el doctor Menéndez Navarro, y que abarca desde 1962 hasta el año 2010, sobre el número de casos registrados en España, de patologías “benignas” del amianto –básicamente, asbestosis-, un prominente pico se alza solitario, justo en el emplazamiento correspondiente, precisamente, también al año 1977…

La susodicha gráfica fue exhibida en Sevilla, en el curso de una disertación relativa al reconocimiento de los casos de patologías no malignas, asociadas al asbesto, y durante el citado intervalo temporal.

Le pregunto ahora por Uralita.

Cuando quiera.


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