Publicaciones

La conspiración se instaura cuando las grandes empresas transnacionales se configuran en una estructura de cartel oligopolístico

Estábamos, estimado amigo, en el primer capítulo, “Perspectiva histórica de una conspiración de silencio.” ¿Y quiénes forman parte de esa conspiración? ¿Por qué de silencio?

La conspiración se instaura desde el mismo momento en el que las grandes empresas transnacionales se configuran en una estructura de cartel oligopolístico, en la que se integran desde las mineras, que extraen y transportan la fibra natural, hasta las compañías que acometen la fabricación de productos que determinan un consumo masivo de esa materia prima, como es el caso, sobre todo, del amianto-cemento, y/o también aquellas otras que asimismo acometen, a través de las distintas filiales del grupo industrial respectivo, la producción de una heterogénea serie de fabricados, que no tienen más nexo, aparte del financiero, que el que consiste en que todas esas filiales utilizan el amianto en sus respectivas producciones. Es o era el caso, por ejemplo, de John Manville o de Turner & Newall.

Luego le pregunto sobre John Manville.

De acuerdo. Sigo. Al incluir a las propias industrias extractivas, el cartel nunca verá con entusiasmo cualquier alternativa que suponga la utilización de un substituto del asbesto. En su lugar, optarán por emponzoñar la literatura médica con trabajos mercenarios, hagiográficos, y que suponen una negación o minimización del riesgo real, y de su letal naturaleza.

Le pregunto también más tarde sobre ese emponzoñamiento de la ciencia.

Cuando le parezca. Otras diversas actuaciones concordantes a esa misma finalidad, como es el caso de los leoninos acuerdos extra-judiciales, con inclusión de cláusula de confidencialidad, que convierten a la víctima en cómplice, hurtando al conocimiento general, judicial y científico, la agresión que suponen esos casos sustraídos a las estadísticas epidemiológicas, etc., todo ello, junto con la “guerra sucia” contra activistas del medio ambiente, contra sindicalistas y contra insobornables investigadores honestos, conforman esa “conspiración de silencio”, que es algo más que una simple frase hecha, como lo evidencian las pruebas que en más de una oportunidad han emergido a la luz pública, con ocasión de acciones judiciales de incautación de los archivos de esas compañías. A través del cartel formado por las organizaciones patronales SAIAC y AIA, esas empresas han formado un cerrado frente común, en la defensa a ultranza de sus fuertes intereses económicos, sin ninguna suerte de freno o de reparo ético, faltando groseramente a la verdad, echando mano de verdades a medias, recurriendo a interpretaciones torticeras de evidencias imposibles de escamotear, etc., etc.

Fuertes intereses económicos… ¿Nos puede dar alguna cifra?

La industria del amianto comienza con su extracción, con la minería. Pero luego están todas aquellas que lo utilizan como materia prima. Por lo tanto, por “intereses económicos” ha de entenderse los de todos, los de los que lo extraen y los de los que lo utilizan, con independencia de que, como de hecho ocurre, en determinados casos sean lo uno y lo mismo. Pues bien, si se consulta el anuario Virta, ahí puede comprobarse que las cifras anuales, correspondientes exclusivamente a la extracción, suponen ya sumas ingentes, descomunales, año tras año.

SAIAC y AIA, ¿son patronales españolas? ¿Asociadas a la CEOE?

La SAIAC, fundada en 1929, es el cartel internacional del amianto-cemento, en el que en su momento se integraron las empresas españolas, Uralita, y su predecesora, Roviralta y Cia. En cuanto a la AIA, como su propio nombre indica (“Asbestos International Association”), se trata de la asociación patronal internacional, de todo el sector del amianto, y que, mediante convenciones bianuales, ha estado, entre otras cosas, coordinando toda la defensa a ultranza del asbesto, frente a los “ataques injustificados” de la comunidad científica mundial, de las organizaciones que tienen por objeto velar por la salud pública, de los sindicatos no domesticados, del activismo ecologista, de las asociaciones de víctimas, etc., etc.

Abre usted el capítulo con una reflexión del escritor y periodista germano Günter Wallraff. ¿Se ha inspirado en él, le ha tomado como ejemplo?

Nunca he meditado sobre ello. Para mí ha sido algo espontáneo, natural, obvio.

Una de las preguntas pendientes. ¿Qué corporación es esa a la que hace referencia en la entrada del capítulo, la Johns Manville Corporation? Lo que dicen suena mejor que bien: seguridad, ética, liderazgo ambiental, compromisos institucionales.

Aquí podríamos invocar al lapsus freudiano, o al refrán “dime de lo que presumes, y te diré de lo que careces”. Sorprende, no obstante, el descomunal cinismo que este tipo de actuaciones presupone. De todas las compañías involucradas en la “conspiración de silencio” del amianto, John Manville ha sido, posiblemente, la líder indiscutible, aunque establecer un ranking en esta cuestión es verdaderamente problemático, pues resultaría harto difícil poder establecer una comparación al respecto, pues todas tendrían “méritos” más que suficientes para aspirar al primer puesto en tan denigrante competición.

Habla usted también de la empresa Owens-Corning. Le cito: “ocultó lo que sabía acerca de los peligros del amianto.” Nos explica esta historia de ocultamiento industrial empresarial.

Mi problema ahora es qué aducir como ejemplo entre tanto donde escoger, pero, en fin, vamos a ello. ¿Qué le parece a usted la pretensión, de que los demandantes afroamericanos tuvieran que superar unas condiciones más restrictivas para la admisión de sus demandas de indemnización, basándose en cierto estudio, que vendría a evidenciar que esas personas, de una forma natural, y por característica racial, presentasen una capacidad pulmonar inferior?

Una infamia racista, otra más.

Lo es, lo es. Pero igualmente podría mencionarle el hecho de que esta empresa estuvo sobornando durante quince años, a razón de seis mil dólares mensuales, al doctor Wagner –el primero en conseguir que la comunidad científica admitiese como probado el nexo causal entre amianto y mesotelioma-, para que éste, contradiciendo a sus propios resultados experimentales previos, viniese a sostener que dicha relación causa-efecto no rezaba para la variedad de asbesto que usaba Owens-Corning, esto es, para el crisotilo.

¿Y consiguió que el doctor Wagner cambiase de opinión? Por lo demás, no se moleste conmigo, ¿cómo ha sabido usted de este soborno? Estas cosas no suelen contarse.

Mis afirmaciones, al igual que mis datos, generalmente suelen estar respaldadas por una amplísima cita de fuentes, hasta el punto de que la bibliografía, que ronda las mil páginas en formato A4, no se incluye en el libro, sino que se suministra por correo electrónico a quienes lo soliciten, a cuyo efecto se inserta la oportuna dirección.

Dicho lo cual, le pongo en antecedentes, a grandes rasgos, del “caso Wagner”. El pufo no se vino a destapar, hasta que no hubo fallecido el doctor Wagner, y se pudo acceder a sus papeles personales, cedidos por su viuda a una universidad. Las cantidades pagadas regularmente por Owens-Corning, figuraban como prestación por un supuesto trabajo continuado sobre un tema totalmente ajeno al amianto, y que no era de la especialidad o línea de investigación del doctor Wagner; supuesto trabajo que jamás se llegó a plasmar en publicación alguna. Por otra parte, los pagos se efectuaron siempre a nombre de un tercero, y en un país diferente del de la residencia habitual del doctor Wagner. Precauciones de ocultamiento y camuflaje, que no se justificarían si tales pagos hubieran correspondido a una contratación honesta y normal. Todo este relato, lo encontraremos en los artículos de prestigiosos historiadores e investigadores (como es el caso, por ejemplo, de John McCulloch, de Geoffrey Tweedale, o de Annie Thébaud-Monny), que comprometen en ello su buen nombre y su credibilidad científica y profesional.

Parece increíble…Hace referencia al Kaylo, un producto que contiene amianto. ¿Qué producto es ese? ¿Se comercializa actualmente?

Se trataba de un producto aislante, formado por magnesia y asbesto. Actualmente no se comercializa.

El segundo apartado de este primer capítulo lleva por título: “Conspiración de silencio y corrupción de la ciencia”. Lo inicia con una hermosa cita del gran historiador Jacques Le Goff, fallecido recientemente. ¿Nos regala la cita? ¿Usted también piensa que apoderarse de la memoria y del olvido es una de las máximas preocupaciones de las clases que han dominado y dominan las sociedades históricas?

La cita viene a decir: “Apoderarse de la memoria y del olvido, es una de las máximas preocupaciones de las clases, de los grupos, de los individuos que han dominado y dominan las sociedades históricas. Los olvidos, los silencios de la historia, son reveladores de esos mecanismos de manipulación”… Jacques Le Goff, Storia e memoria

Eso hay muchas formas de lograrlo. Actualmente, una de las más eficaces y en boga, consiste en trivializarlo todo, entre tamborradas, concursos radiofónicos de ventosidades, cucañas, telebasura, y pantomimas varias (la “festa” de las tres “efes”, o sea, “festa”, “forca”, y “farina”, fiesta, horca y harina). La vida da oportunidad y ocasión para todo; lo malo es cuando casi todo nuestro alimento espiritual nos lo reducen a semejantes fruslerías y mojigangas, tratando de fomentar nuestra exclusiva afición a las mismas, a través del “bombardeo” continuo en los medios de difusión masiva.

Comenta usted el caso de una empresa brasileña del textil de amianto. ¿Qué es eso del textil de amianto? ¿Qué paso en esa empresa?

El amianto, por su condición de ignífugo, ha sido empleado en la fabricación de tejidos destinados a esa finalidad, tales como la de guantes y de prendas de protección contra el fuego y contra las altas temperaturas, y también en la confección de mantas, con el mismo propósito, y para la fabricación de mangueras de extinción de incendios, cintas, etc.

La empresa brasileña en cuestión…

La empresa brasileña, fabricante de textiles de amianto, aplicaba una política de personal, consistente en hacer uso de los resultados de los exámenes médicos periódicos de su personal, al que ocultaba esos resultados, para decidir a qué trabajadores despedir, desembarazándose de aquellos que presentaban ya síntomas de suficiente entidad, como para ser determinantes de un próximo deterioro, que presupondría, por una parte, una disminución sensible del rendimiento o un incremento del absentismo por enfermedad, y por otra, poniendo de manifiesto el riesgo, ante el resto de la plantilla, y dando oportunidad también, de que una demanda pudiera ser formulada. Los despedidos, en cambio, mucho tiempo después, se sentirían aquejados por unos síntomas, cuyo origen no atinarían a identificar, y en esa condición de ignorancia terminarían por sucumbir. ¿Genocidio impune?, pues claro que sí.

¿Por qué habla usted de familias enteras incapacitadas y no de meros individuos aislados?

Pues, obviamente, porque es así. El caso más notorio es el del llamado “mesotelioma familiar”, en el que dos o más miembros de una misma familia, con o sin consanguineidad, resultan afectados por esa patología maligna (cáncer de pleura, de peritoneo, de pericardio, de túnica testicular, o de otros asentamientos más “exóticos”), y cuya relación específica con la exposición al asbesto, es prácticamente exclusiva. Esa exposición puede ser laboral, pero también doméstica (por haber llevado al hogar la ropa de trabajo), o de vecindad respecto del foco emisor (cantera, muelle de descarga, fábrica, taller, etc.). Vecindad expresable en kilómetros, según la evidencia epidemiológica.

Además del mesotelioma familiar, otras patologías asociadas, como la asbestosis o el cáncer pulmonar, también pueden afectar a los familiares del trabajador, pero en estos otros casos, para ello se requieren de poluciones más cuantiosas.

Hablemos ahora de la corrupción de muchos de los estudios epidemiológicos. Le parece

Me parece, de acuerdo


Contacto Tlf:608 67 10 50
Realizado por APENA. 2012®. Región de Murcia Tlf:608 67 10 50